Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.
Pablo Neruda
Poema flotante, sin número
Pase lo que pase con nosotras, tu cuerpo
vivirá en mí... tierno, delicado,
tu forma de hacer el amor,
como la fronda semi enroscada del helecho en espiral en los bosques
recién bañados por el sol. Tus viajeros y generosos muslos
entre los cuales mi rostro entero se hunde una y otra vez...
la inocencia y sabiduría del lugar que mi lengua ha encontrado ahí...
La viva, insaciable danza de tus pezones en mi boca...
Tu forma de tocar, firme, protectora, investigándome,
tu lengua fuerte y tus finos dedos
llegando donde te estuve esperando por años,
en mi rosa, húmeda cueva...
Pase lo que pase, esto es.
Adrienne Cecile Rich
Safo A Cleis
Me amo en ti,
y
en tu figura,
me miro,
transformada
con la forma de mi sueño.
Al acariciarte
es mi reflejo el que acaricio
narciso
en el espejo de tu cuerpo.
Me miro, así,
toda yo
vuelta carne tuya,
belleza que amo,
seda que acaricio en tus mejillas.
Sabor de tu piel
en la blanca corola
de tus senos
y en la oscura y dulce fruta
de tu sexo.
Lenta y deleitosa te recorro
con mis dedos
más sabios en
formas que los de Fidias,
y vuelvo un
cinturón de oro
mis brazos en torno
a tu cintura, mientras ávidas
mis piernas
-como lianas-
se enredan en las tuyas
al tiempo que no hay límite
entre tu boca y la mía.
¿Tú o yo? ¿Cuál soy?
¿o cuál tú eres?
Fundidas en el placer
todo se borra,
y sobre el lecho, entre
los deshojados jacintos
de las rotas guirnaldas
-con que nos adornamos
para el íntimo festejo-
sólo sé
que soy llama
encendida en tu aliento.
Enajenada en ti
sin tiempo
y sin fronteras.
Perdida el borde de mi cuerpo,
en las oscuras aguas
del orgasmo,
me entrego hasta morir
en tu belleza.
Luz Méndez de la Vega
Luz Méndez de la Vega
Existe la alegría, y ruge
En esta cama donde la lascivia
sagrada y fértil como el sol
nos ilumina nos absuelve nos nutre
quedé dormido En esta santa cama
tras de la santidad del deseo y el placer
quedé dormido
Desde el fondo
del protoplasma del horror un sueño
me dijo que no existes
que nunca nacerías Fue un sueño
con pezuñas remotas y portador de flores
envenenadas: vi paredes
de ignominiosa soledad
escalones de asombro y de castigo
donde mis pies bajando pronunciaban tu nombre
Chorreando espanto y pena y odio
desperté: dormías a mi lado
saltaban los delfines por el mar de tu sueño
Tu aliento confiado calentando mi nuca
era el suspiro de la resurrección
Y entonces como loco llorando bendiciendo
pedí perdón a no sé qué ni cómo
di gracias sin saber a dónde a cuánto
lamí las sábanas la almohada
y besé el cordón de la luz
rugiendo de alegría
No te asustes por favor no te asustes
mi Loba nunca tiene miedo mi Loba
no teme ni siquiera a la felicidad
Félix Grande
Así era
Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.
Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.
Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un gran corazón de música.
José Hierro
Capitulación
Anoche, unos abriles granas capitularon
ante mis mayos desarmados de juventud;
los marfiles histéricos de su beso me hallaron
muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé.
Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron
una tarde amaranto que dije un canto a sus
cantos;
y anoche, en medio de los brindis, me hablaron
las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed.
Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres
sus velas cremas que iban al tope en las salobres
espumas de un mar muerto. Vencedora y vencida,
se quedó pensativa y ojerosa y granate.
Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate,
de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.
César Vallejo